Implementación de intervenciones de estilo de vida en la atención de salud mental
¿Alguna vez has notado cómo una buena noche de sueño cambia tu ánimo o cómo comer de manera equilibrada te da más energía para enfrentar el día? No son coincidencias: cada pequeño hábito saludable tiene un impacto directo en nuestro bienestar psicológico.
El año 2019, The Lancet Psychiatry publicó el informe “Un plan para proteger la salud física en personas con enfermedad mental”. En el documento se puso en evidencia las disparidades en la salud física que experimentan las personas que viven con una enfermedad mental, evaluando la efectividad de las intervenciones en el estilo de vida.
Los factores de riesgo abordados fueron el consumo de tabaco, baja actividad física, baja condición cardiorrespiratoria, conductas alimentarias perjudiciales y mala higiene del sueño. En sus conclusiones, el informe de 2019 destacó que las intervenciones de estilo de vida (ejercicio, nutrición saludable, dejar de fumar, mejorar el sueño) no solo mejoran la salud física, sino que también reducen síntomas psiquiátricos y aumentan el bienestar.
Este año, Lancet Psychiatry Physical Health Commission presentó su tercer informe “Implementing lifestyle interventions in mental health care” (The Lancet Psychiatry, septiembre 2025). Este nuevo trabajo centró su atención en comprender qué hace efectivas a las intervenciones de estilo de vida y cómo implementarlas de manera adecuada en los servicios de salud mental. Su objetivo fue entregar recomendaciones basadas en evidencia que permitan cerrar la brecha entre la investigación y la práctica clínica en el abordaje de trastornos afectivos, de ansiedad, esquizofrenia y relacionados con el estrés.
Dimensiones del informe
El informe analizó cómo las intervenciones en el estilo de vida pueden prevenir y manejar tanto condiciones de salud mental como la multimorbilidad, tomando como eje cuatro pilares fundamentales de la medicina del estilo de vida: actividad física, nutrición, abandono del tabaco y sueño. A partir de allí, examinó siete componentes clave que determinan la efectividad de estas intervenciones: base teórica, técnicas de cambio de conducta, modo de entrega, proveedor de la intervención, intensidad, características de la población objetivo y entorno.
Base teórica. Se concluye que las intervenciones de ejercicio basadas en teorías motivacionales, como la teoría de la autodeterminación, la teoría social cognitiva, la teoría de la autoeficacia y los modelos transteóricos, fueron eficaces para aumentar la actividad física y reducir peso. Se observó que aquellas fundamentadas en un único modelo teórico obtuvieron efectos mayores que las que integraban varios. Además, las estrategias que fomentaban la motivación autónoma (basadas en metas internas) se asociaron con menores tasas de abandono en comparación con las que apelaban a motivaciones controladas (razones externas como la aprobación social).
Técnicas de cambio de conducta y modo de entrega. Los análisis comparativos entre intervenciones grupales e individuales arrojaron resultados mixtos. Algunas revisiones mostraron un mayor impacto de las intervenciones grupales en el índice de masa corporal, mientras que otras resaltaron beneficios adicionales en formatos individualizados y estructurados, especialmente cuando incluían seguimiento regular. Tanto las sesiones individuales como las grupales demostraron ser beneficiosas en programas centrados en ejercicio o nutrición. En este sentido, el informe plantea que los servicios de salud mental deberían ofrecer ambos formatos: intervenciones individuales (educación, coaching, programas personalizados) y grupales (actividades deportivas, talleres de cocina y nutrición), adaptándolos a variables como edad, género, severidad del trastorno y motivación para el cambio. Asimismo, se recomienda proporcionar una diversidad de enfoques que consideren las necesidades y preferencias de cada persona, con el fin de mejorar la adherencia y reducir la deserción.
Proveedor de la intervención. Los programas entregados por equipos multidisciplinarios acreditados, con fisiólogos del ejercicio, fisioterapeutas y nutricionistas, demostraron mayor efectividad y menores tasas de abandono. En contextos de bajos recursos, se sugiere la redistribución de tareas, transfiriendo parte de la intervención desde personal altamente especializado hacia trabajadores comunitarios con menor formación pero mayor accesibilidad, lo que puede ser clave para garantizar la sostenibilidad.
Intensidad. Las intervenciones estructuradas con una frecuencia de 3 a 5 veces por semana y sesiones de 45 a 75 minutos lograron mayores beneficios en salud física, mental y calidad de vida que las de baja intensidad. Sin embargo, la adherencia se mantuvo más alta en programas con sesiones breves, lo que sugiere iniciar con cargas manejables y progresar gradualmente. Se recomienda comenzar con objetivos exploratorios y metas abiertas (por ejemplo: “ver qué tan bien puedo hacerlo”) para facilitar el compromiso y luego avanzar hacia una mayor frecuencia e intensidad, idealmente tres o más veces por semana y con supervisión cuando sea posible. Los programas de corta duración (≤10 semanas) parecieron más efectivos en la mejora de la salud mental, aunque para beneficios físicos sostenidos se requieren intervenciones más prolongadas.
Características de la población objetivo. Las intervenciones resultaron efectivas tanto en etapas tempranas como en fases persistentes de la enfermedad. Esto subraya la necesidad de ofrecer programas de estilo de vida de forma preventiva y no únicamente como respuesta a la presencia de enfermedades físicas crónicas.
Entorno. Se registraron beneficios tanto en entornos hospitalarios como comunitarios. El acceso a instalaciones adecuadas, como gimnasios o espacios para la práctica de ejercicio, fue un factor decisivo para potenciar los resultados.
Recomendaciones para implementar intervenciones en los estilos de vida
Además de la evidencia científica, el informe propuso un conjunto de recomendaciones para la implementación efectiva de estas intervenciones en los servicios de salud mental, organizadas en distintas dimensiones:
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Alineación estratégica: Integrar las intervenciones de estilo de vida con la misión, prioridades y población objetivo de la organización, y desarrollar políticas que respalden su implementación.
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Procesos: Establecer protocolos claros y flexibles, asegurar la coordinación interna, garantizar financiamiento y mecanismos de reembolso cuando sea posible, y pasar de evaluaciones estáticas a evaluaciones continuas que permitan ajustar las intervenciones durante su aplicación.
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Cultura organizacional: Impulsar un cambio cultural que valore los hábitos saludables como parte del tratamiento en salud mental, promoviendo liderazgos comprometidos con su integración.
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Habilidades: Invertir en la capacitación del personal a través de formación, talleres regulares, comunidades de aprendizaje y programas de acompañamiento laboral. Integrar formalmente el rol de nutricionistas, especialistas en ejercicio y expertos en superación del tabaquismo, asegurando además que estos profesionales reciban formación básica en salud mental. En contextos con menos recursos, se recomienda aplicar estrategias de redistribución de tareas.
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Actitudes: Fomentar la disposición y compromiso del personal hacia las intervenciones de estilo de vida, valorando tanto la atención presencial como la telemedicina como modalidades igualmente válidas.
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Apoyos para la implementación: Asegurar infraestructura, herramientas de evaluación y tecnologías que faciliten el monitoreo, el uso de telesalud y la integración de intervenciones en la práctica clínica diaria.
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Capacidad y competencias del equipo: Nombrar líderes internos de implementación, definir roles dedicados a la salud física dentro de los equipos, evaluar la conveniencia de incorporar nuevos profesionales especializados y asegurar apoyo desde la gestión.
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Apoyo externo: Promover la gobernanza colaborativa e involucrar a actores locales, nacionales e internacionales para fortalecer la implementación y asegurar su continuidad.
Finalmente, el informe recordó que incluso antes de considerar las intervenciones de estilo de vida, persiste una brecha alarmante en el acceso a los tratamientos básicos de salud mental. En los países de altos ingresos, solo una de cada cinco personas con depresión recibe un tratamiento mínimamente adecuado; en los países de ingresos bajos y medios, la cifra cae a una de cada 27.
La conclusión es clara: los servicios de salud mental deben integrar las intervenciones de estilo de vida como parte esencial de la atención. Estas prácticas no solo reducen los riesgos físicos, sino que también fortalecen la salud mental, alivian síntomas y mejoran la calidad de vida de millones de personas en todo el mundo.
Referencias
- Implementing lifestyle interventions in mental health care: third report of the Lancet Psychiatry Physical Health Commission Teasdale, Scott B et al. The Lancet Psychiatry, Volume 12, Issue 9, 700 – 722